Alguna Que Otra Confesión

Tan solo con pensar que quiero decirle cuanto le quiero, cuanto me importa, cuanto daría por él: mis manos tiemblan incontrolablemente. Pienso en llamarle más de 100 veces antes de hacerlo, y eso si es que al final lo hago. De ser lo contrario, pienso 1000 veces en que debí de haberlo llamado, pero aún así sigo sin marcar su número.

Entre tantas cosas que me pasan en cuestión de segundos antes que su voz comience a apaciguar, por decirlo de alguna forma, mis nervios, es cuando mi mente se torna inhóspita,  la avalancha de ideas que inundaban previamente mi mente desaparecen. Todas. Sin dejar seña alguna. Ni tan siquiera un rastro de dónde pudiesen estar escondidas. Permanezco callada por un largo tiempo debido a esto y tan solo cuando me toca responder, más por necesidad o casi por obligación, me vuelvo monosílaba. Una de las peores, debo acotar. Yo misma suelo sorprenderme, cuando, al bajar mi nivel de tensión me pongo a pensar en lo que hice, dije, dejé de hacer o pude haber dicho, pero también en cosas que jamás diré, por mucho que lo piense.

Y es que… Entre el falso orden que reina en mi, él es un ser que causa un devastador desastre, dejando aquel lugar como el único que es “imposible” de ordenar, por muchas pastillas que pueda llegar a tomar en el interior de una institución psiquiátrica (si es que llego allí en algún momento). Todo ello simplemente porque estoy tan extraña y exageradamente enamorada de él, que por mucho que le llegue a detestar en ocasiones o me moleste por algo que hizo, por mucho que le llore o me entristezca, por tantas sonrisas que me saque o lindos recuerdos: le seguiré amando, queriendo, admirando… Porque eso es lo que mejor hago. Y porque le amo, dejo que mi mente llena de ideas calle, desaparezca toda coherencia y congruencia en mis palabras y pensamientos, dejo que mi corazón se vuelque en un son imparable, impredecible e incontrolable, pero que ante todo tiene su propia melodía, me permito distraerme con frecuencia para aliviar la tensión en mi interior, hago tanto únicamente para permanecer allí: en un lugar inexistente, en un tiempo irreal…

Y sobre todo, quiero que seas feliz, aunque no sea conmigo. Porque le quiero tanto, y nada de esto lo comprendo. Pero al final de ésta historia, morirá este secreto conmigo, pues mis palabras jamás llegaran a sus oídos ni se posaran en sus ojos. Dejada al olvido dejo mi carta oculta detrás del ladrillo donde labramos nuestras iniciales cuando eramos niños.

Enero 2014.

miras de mujer

Desde Lejos: Te Sigo Queriendo

Fue como tratar de ver las cuatro estaciones en un día
y tan solo a través de una ventana empañada,
entonces vi tu reflejo, algo borroso,
sindo feliz con alguien a tu lado.

Por un momento, erguida, con los resto de mi corazón
me encontraba humedeciendo las lágrimas ya secas,
y para rellenar el vacío de mi pecho
tallé un hermoso reloj para dejarlo marcando el tiempo
y no hablándome de amor.

Pero no fue entonces que me derrumbé
ni cuando proclamabas amor a otra,
mucho menos cuando tus besos ya no eran mios,
si no cuando mi silencio se pasaba por el filo de tus palabras de cariño.

Sin hacer ni un solo sonido, me alejé de tanta gente,
pues ya era hora de que cumplieras con tu compromiso,
y yo de ir por algo de agua ardiente,
a ver si tantos recuerdos huyen de mi mente.

Y aun así mi anhelo era inútil,
pero seguía siendo valeroso… silencioso
e incluso plenamente ineludible,
porque el hecho es que te quería,
pero tu por mi jamás sentirías lo mismo.

chica en la ventana

Pasan los Días

Pasan y pasan los días
y yo aquí sin poder crear alguna balurda poesía
ni versos, ni rimas, ni la sombra de alguna sonrisa
que se pasee solitaria por algún recuerdo de estos días.

Entre mis dedos se van las palabras
y vacías van quedando escritas,
mientras el tiempo pasa con marcha lenta
y de a poco se toma descansos de semanas enteras.

Nuevamente me encuentro perdiendo el tiempo
sabiendo que jamás lo recuperaré,
pero sigo mirando la pantalla del computador
en busca de la solución a esta resequedad de ideas
a falta de escritos: siento la soledad que nunca creí tener;
y a falta de versos: creo perderme y no sé volver.

Un Juego Más del Destino

Los días van pasando cada vez más rápidos y poco queda para poder disfrutar cada minuto, cada sonrisa y esperanza.

Si el destino tiene una peculiar afición, es unir o cruzar los caminos de personas plenamente distintas: una chica casi retraída, que disfruta de la soledad, el silencio y de sus momentos con las pinturas, además de que le encanta la buena ortografía -aunque tenga sus fallos y todavía tenga un largo camino por recorrer dentro de esa área-; en el otro extremo se encuentra un chico fiestero, alegre, increíblemente sociable, y sobre todo, tiene una ortografía que da pena ajena… Pero sus caminos se cruzaron, por unos pocos minutos, disfrutaron de sonrisas y chistes que el otro no entendía del todo. Pero pasó. El destino una leve huella dejó de su poder, dejando arder la brasa por instantes, para luego pasarle una gélida caricia.

Eres

Eres la única persona que me saca de quicio, que me saca una sonrisa de la nada, que me ha visto dormir plácidamente, que me acompaña en el sueño, que aparece de forma inesperada, que en silencio opina y a distancia me observa. Que muchas veces actúa de forma infantil y juguetona, que conoce muchos de mis puntos débiles, que sin saberlo sabe más de mi de lo que yo sé, el que me calma y tranquiliza, el que con un susurro me hace poner la piel de gallina, el que se mantiene serio, el que me mira a los ojos mientras mi cuerpo tiembla, el que se ríe de mis sonrojos, el que me sumerge en al mar de las historias… Tú… El de los ojos oscuros que tanto amo… Si, tú.

Un Retrato Por Besar

Ya un poco cansada, con dolores de cabeza y cuerpo,  me levando de la cama y observo con tristeza las luces de innumerables edificios, y locales comerciales. Se ve increíblemente hermoso. Desde donde me encuentro ni siquiera el sonido de los automóviles, ni de la agitada vida que llevan las personas llega a mis oídos.

A un lado se encuentra el único retrato que hice de una de las personas que más quise durante mi adolescencia. Pasé gran cantidad de días enamorada, embobada por la misma persona. Le admirada desde la distancia y cuando lo tenía cerca no hacia más que saborear sus labios y sentir el roce de sus manos por mi espalda. Gratos recuerdos siempre llegan a mí. Pero para todo existe un limite. Me toco pautarlo, porque al parecer él no tenía la menor intención de deshacerse de su inmensa inseguridad. Tan grande era que no sólo le hacia daño, sino que salpicada a los demás.

Sonreía ante los recuerdos, por los buenos, claro. Los malos lo había guardado dentro de un sobre y este en una gaveta. Olvidados para siempre. No me hacían falta tales detalles. Tomando el pequeño cuadro y dejando que algunas lágrimas brotaran de mis ojos miré hacia la cama. Allí me esperaba sentado en silencio, admirándome, un ser también muy especial para mi, me sonreía sutilmente. En respuesta le devolví la sonrisa, para luego posar mi atención en el retrato. Mis sentimientos parecieran no haber cambiado ni desaparecido por completo a pesar de tener tanto tiempo sin haberle visto. Cuando apenas hace dos días, accidentalmente tropezamos. Poco había cambiado: tenía un rostro más varonil, se dejó crecer la barba, su cuerpo delgado se nutrió, creció un poco más y hasta su voz… Había cambiado… Lo había hecho. Me disculpé y le sonreí, esperando que me reconociera, cosa que no ocurrió.

Entrelazando recuerdos felices y sonriendo ante ellos lancé un beso al aire y arrojé el retrato por la ventana. Admiré nuevamente el paisaje que tenía ante mis ojos, “Ya tengo todo lo que quiero”, pensé. Los brazos del hombre que se encontraba hace rato junto a mí, me rodeo la cintura y beso mi cuello.

-¿Estarás bien? -Me preguntó.

-Tengo todo lo que quiero. Te tengo a ti -Respondí.

Escribí mi última carta a esa persona del retrato, le escribí lo que fue de mi vida desde que me aparté. Le escribí sobre mí y de mi amor, le escribí de mis carreras y mis trabajos, de mis tristezas y alegrías, de mis sueños e ilusiones, de mis pesadillas y temores, de mis esperanzas y de las lágrimas que derramé. Le escribí todo y al final firme: “Te amé, no lo negaré”. Cerré y sellé la carta, para luego dejarla en un viejo buzón de correo, lugar donde sé que jamás la leerá. Ya no había nada más que decir. Ya el retrato no me impediría querer a quien más quiero, ni será piedra en mi camino.

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