Patico-Cuac

El presente cuento fue escrito utilizando como disparador dos imágenes: la de un patito de hule, y la foto de un paisaje de árboles en blanco y negro, como parte de una actividad para el Taller de Creatividad Narrativa.


A comienzos del mes de julio, Roberto paseada por las calles de un vecindario que no era suyo, le encantaba descubrir nuevos lugares, hacerse pasar por algún nuevo vecino y saludar, jugar por instantes con los niños que están en la calle, comerse algo característico de la zona y luego, al finalizar la tarde, se regresaba a pie a su casa, que tampoco es que quedaba muy lejos, porque a Roberto ninguna distancia le parecía lejana, sus pies lo podían llevar a todos lados, salvo a percibir el mundo como los demás.

Al llegar Roberto a su hogar, se encontró con que como cada día, la abundancia de recuerdos se conglomeraban al entrar a cada espacio del apartamento, arrimándole al más fresco recuerdo, el fallecimiento de su madre. Su amada madre que había cuidado de su salud, su alimentación, su mantenimiento hasta los 50 años. Hace 3 años que ella lo había abandonado a su suerte, por lo que su ira al recordar su partida lo volvían un ser encolerizante al que se le tornaban los ojos rojos, las manos se volvían puños y arremetía hacia cualquier objeto que estuviese a su alcance. En esta oportunidad fue un jarrón hermoso de murano, al que su madre le encantaba tanto, y él hasta hace nada, cuidaba con recelo.

Todo aquel desastre en la casa era producto que al día siguiente se cumpliría el aniversario de defunción. Roberto en la noche organizaba sus herramientas mientras rememoraba cada detalle del paseo por el vecindario que hace unas horas había conocido. Cada detalle llegaba a su mente como si de una fotografía se tratase. Una de las casas que llamó su atención, la que tenía ventanas blancas y que llevaba por nombre “Cala”. Su dueña parecía ser una señora mayor, sin mascotas, abandonada por el tiempo y su familia. Roberto sintió gozo al recordarla, por lo que sus manos se desplazaban hacia su ingle y áreas circundantes. Su placer era indiscutible, mientras sus ojos se salían de su orbita con cada jalón, hasta acabar.

Cuando logró la calma, respirando profundamente, guardó el bolso donde cargaba sus herramientas dentro del closet de la sala. “El mejor escondite”, pensó en ese momento. Enseguida, se sirvió un vaso de leche y se dirigió a la habitación donde dormía con su madre, para poder descansar y afianzar los pasos a seguir para la celebración del día siguiente.


Sin nada que esperar, sin nadie que lo levantase ni un beso de los buenos días, Roberto comenzó aquel 4 de julio con una sonrisa enternecedora, vistiéndose con sus mejores prendas, colocándose su par de zapatos favoritos, siempre, siempre, siempre bien pulidos y tomando su bolso del closet salió para aventurarse.

Luego de algunas horas observando desde la distancia aquella casa que tanto le había llamado la atención el día anterior, decidió poner en marcha su plan. Entrando con la llave de repuesto que había visto colocar por su dueña dentro de una maceta con múltiples tipos de matas. Una vez dentro de la casa y cerciorándose que nadie lo había visto entrar, puso en marcha su plan: comenzando con algunos cambio en la distribución de los muebles que recordaban a la que tendía a usar su amada madre, seguido de una limpieza escrupulosa y minuciosa de la casa. Dado que contaba con una excelente habilidad para la limpieza rápida sabía que le daría tiempo de tener todo en orden antes de que Doña Letty, como había leído en la correspondencia, llegara.

Con todo en orden, con tiempo sobrante y aún sin la llegada de Letty, Roberto pensó que bañarse era una buena idea, y además le daría una adecuada presentación ante la señora. De su bolso sacó una toalla y un juguete distintivo. Un adorable patito de hule, de esos amarillos y de los que pian al ser apretados. Roberto no podía contener la emoción, por lo que corrió cuanto pudo con sus kilos demás hacia el baño en el que había dejado llenar la bañera.

Una vez en el baño, este se despojo cuidadosamente de su ropa, teniendo cuidado de no mojarla ni ensuciarla. Para luego sumergirse cuanto pudo como un niño, recordaba en ese momento los buenos tiempo que había pasado con su mamá, llevándolo de la risa y la felicidad, a la tristeza y luego a la rabia, era un ciclo que se repetía varias veces mientras jugaba en la bañera, desplazándose de un lado a otro, haciendo piar al patito y chapoteando agua, aquel ser pasaba el tiempo volando.


Por su parte, Doña Letty ya estaba de regreso del paseo con uno de sus más longevos amigos, vecino del sector. Se dieron un piquito en los labios, y luego, al partir Don Juan, Letty entró a su casa. Desde el principio, aquella doña no se había percatado de los cambios de distribución de los muebles y adornos, hasta que llegó a la cocina, donde pasaba la mayor parte de su tiempo y que ahora todo le parecía que estaba fuera de lo normal. Aquello la extrañó muchísimo, pero imaginó con inocencia que la responsable había sido su hija, que tendía a ir a visitarla justo cuando ella no se encontraba en casa.

Suspirando pesadamente y con tristeza, no le dio mayor importancia. Se dirigió al segundo piso para cambiar sus ropas de salir por las de casa. Doña Letty, al tener deficiencia auditiva no escuchó las risas y el chapoteo que Roberto tenía en la bañera. Pero cuando estuvo lo suficientemente cerca, le pareció extraño que fuera de la puerta del baño hubiese un charco de agua, por lo que abrió con cautela la puerta, esperando conseguirse a su hija tras la cortina.


Roberto por su lado, no había escuchado cuando llegó la señora, se había distraído tanto que bajó completa la guardia. Llegando a ser sorprendido por Doña Letty, que había apartado la cortina con lentitud. Ante aquel espectáculo Doña Letty sólo alcanzó a retroceder, mientras el monumental cuerpo de Roberto se apresuraba por tomarla del cuello y asfixiarla, hasta dejarla inerte.

Roberto no alcanzaba a analizar lo que había hecho, “fue muy pronto” pensó en ese momento mientras observaba a Doña Letty flácida entre sus brazos. No era la primera vez que quitaba una vida, pero si lo fue el que todo se le salió de control. Por suerte contaba por planes secundarios en caso de que algo así llegase a suceder. Ese día había ido con su carro, “fue la mejor idea haberlo traído” pensó mientras dejaba el cuerpo a un lado y se disponía a secarse y vestirse de nuevo.

Se cuestionaba muchas cosas mientras guardaba el cuerpo en el asiento de atrás del carro, aunque de forma simultánea corregía los errores que había cometido. Doña Letty no era para nada pesada, lo que le facilitó el embalaje, traslago y ocultamiento del cuerpo en el auto. Todo parecía ir bien, ninguno de los vecinos se había acercado a la casa, no se encontró con ninguno asomado en las ventanas y los niños estaban tan distraídos en el juego que ni cuenta se dieron cuando él pasó por su lado saludándolos. De él nadie sospecharía.

Manejó durante dos horas, hasta llegar a un frondoso bosque. Aparcó el carro fuera de la carretera y se dispuso a tomar sus herramientas para cavar y ocultar el cuerpo. Después de un par de horas ya todo estaba listo, como si nada hubiese pasado. Un Roberto calmado se sentó cerca de la tumba que había hecho para su madre, y colocándole unas hermosas flores le contó su día.

Roberto admiraba aquel maravilloso paisaje embelesado. Una fila interminable de árboles que variaban en escalas de grises, las pilas de hojas, y ese sol tan maravilloso que estaba a punto de esconderse tras la montaña, iluminaba cada silueta y calentaba su cuerpo, haciéndolo sentir más vivo que nunca. Pero resentido ante la incapacidad de percibir los colores, debido al padecimiento de acromatopsia heredada.

-Hasta el año que viene, Madre. Te amo.

Con esas palabras se levantó, se sacudió las manos y las posaderas, tomó su bolso, para luego despedirse de Doña Letty y de otras tantas mujeres que yacían allí sepultadas.

Aquel paseo no fue improvisado, Roberto siempre, siempre, siempre fue un hombre audaz, y con su suave mirada cautivaba a quien lo mirase directamente. Sus palabras blandas y bien pronunciadas jamás lo harían parecer culpable de algo tan grotesco como aquello.

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