Patico-Cuac

El presente cuento fue escrito utilizando como disparador dos imágenes: la de un patito de hule, y la foto de un paisaje de árboles en blanco y negro, como parte de una actividad para el Taller de Creatividad Narrativa.


A comienzos del mes de julio, Roberto paseada por las calles de un vecindario que no era suyo, le encantaba descubrir nuevos lugares, hacerse pasar por algún nuevo vecino y saludar, jugar por instantes con los niños que están en la calle, comerse algo característico de la zona y luego, al finalizar la tarde, se regresaba a pie a su casa, que tampoco es que quedaba muy lejos, porque a Roberto ninguna distancia le parecía lejana, sus pies lo podían llevar a todos lados, salvo a percibir el mundo como los demás.

Al llegar Roberto a su hogar, se encontró con que como cada día, la abundancia de recuerdos se conglomeraban al entrar a cada espacio del apartamento, arrimándole al más fresco recuerdo, el fallecimiento de su madre. Su amada madre que había cuidado de su salud, su alimentación, su mantenimiento hasta los 50 años. Hace 3 años que ella lo había abandonado a su suerte, por lo que su ira al recordar su partida lo volvían un ser encolerizante al que se le tornaban los ojos rojos, las manos se volvían puños y arremetía hacia cualquier objeto que estuviese a su alcance. En esta oportunidad fue un jarrón hermoso de murano, al que su madre le encantaba tanto, y él hasta hace nada, cuidaba con recelo.

Todo aquel desastre en la casa era producto que al día siguiente se cumpliría el aniversario de defunción. Roberto en la noche organizaba sus herramientas mientras rememoraba cada detalle del paseo por el vecindario que hace unas horas había conocido. Cada detalle llegaba a su mente como si de una fotografía se tratase. Una de las casas que llamó su atención, la que tenía ventanas blancas y que llevaba por nombre “Cala”. Su dueña parecía ser una señora mayor, sin mascotas, abandonada por el tiempo y su familia. Roberto sintió gozo al recordarla, por lo que sus manos se desplazaban hacia su ingle y áreas circundantes. Su placer era indiscutible, mientras sus ojos se salían de su orbita con cada jalón, hasta acabar.

Cuando logró la calma, respirando profundamente, guardó el bolso donde cargaba sus herramientas dentro del closet de la sala. “El mejor escondite”, pensó en ese momento. Enseguida, se sirvió un vaso de leche y se dirigió a la habitación donde dormía con su madre, para poder descansar y afianzar los pasos a seguir para la celebración del día siguiente.


Sin nada que esperar, sin nadie que lo levantase ni un beso de los buenos días, Roberto comenzó aquel 4 de julio con una sonrisa enternecedora, vistiéndose con sus mejores prendas, colocándose su par de zapatos favoritos, siempre, siempre, siempre bien pulidos y tomando su bolso del closet salió para aventurarse.

Luego de algunas horas observando desde la distancia aquella casa que tanto le había llamado la atención el día anterior, decidió poner en marcha su plan. Entrando con la llave de repuesto que había visto colocar por su dueña dentro de una maceta con múltiples tipos de matas. Una vez dentro de la casa y cerciorándose que nadie lo había visto entrar, puso en marcha su plan: comenzando con algunos cambio en la distribución de los muebles que recordaban a la que tendía a usar su amada madre, seguido de una limpieza escrupulosa y minuciosa de la casa. Dado que contaba con una excelente habilidad para la limpieza rápida sabía que le daría tiempo de tener todo en orden antes de que Doña Letty, como había leído en la correspondencia, llegara.

Con todo en orden, con tiempo sobrante y aún sin la llegada de Letty, Roberto pensó que bañarse era una buena idea, y además le daría una adecuada presentación ante la señora. De su bolso sacó una toalla y un juguete distintivo. Un adorable patito de hule, de esos amarillos y de los que pian al ser apretados. Roberto no podía contener la emoción, por lo que corrió cuanto pudo con sus kilos demás hacia el baño en el que había dejado llenar la bañera.

Una vez en el baño, este se despojo cuidadosamente de su ropa, teniendo cuidado de no mojarla ni ensuciarla. Para luego sumergirse cuanto pudo como un niño, recordaba en ese momento los buenos tiempo que había pasado con su mamá, llevándolo de la risa y la felicidad, a la tristeza y luego a la rabia, era un ciclo que se repetía varias veces mientras jugaba en la bañera, desplazándose de un lado a otro, haciendo piar al patito y chapoteando agua, aquel ser pasaba el tiempo volando.


Por su parte, Doña Letty ya estaba de regreso del paseo con uno de sus más longevos amigos, vecino del sector. Se dieron un piquito en los labios, y luego, al partir Don Juan, Letty entró a su casa. Desde el principio, aquella doña no se había percatado de los cambios de distribución de los muebles y adornos, hasta que llegó a la cocina, donde pasaba la mayor parte de su tiempo y que ahora todo le parecía que estaba fuera de lo normal. Aquello la extrañó muchísimo, pero imaginó con inocencia que la responsable había sido su hija, que tendía a ir a visitarla justo cuando ella no se encontraba en casa.

Suspirando pesadamente y con tristeza, no le dio mayor importancia. Se dirigió al segundo piso para cambiar sus ropas de salir por las de casa. Doña Letty, al tener deficiencia auditiva no escuchó las risas y el chapoteo que Roberto tenía en la bañera. Pero cuando estuvo lo suficientemente cerca, le pareció extraño que fuera de la puerta del baño hubiese un charco de agua, por lo que abrió con cautela la puerta, esperando conseguirse a su hija tras la cortina.


Roberto por su lado, no había escuchado cuando llegó la señora, se había distraído tanto que bajó completa la guardia. Llegando a ser sorprendido por Doña Letty, que había apartado la cortina con lentitud. Ante aquel espectáculo Doña Letty sólo alcanzó a retroceder, mientras el monumental cuerpo de Roberto se apresuraba por tomarla del cuello y asfixiarla, hasta dejarla inerte.

Roberto no alcanzaba a analizar lo que había hecho, “fue muy pronto” pensó en ese momento mientras observaba a Doña Letty flácida entre sus brazos. No era la primera vez que quitaba una vida, pero si lo fue el que todo se le salió de control. Por suerte contaba por planes secundarios en caso de que algo así llegase a suceder. Ese día había ido con su carro, “fue la mejor idea haberlo traído” pensó mientras dejaba el cuerpo a un lado y se disponía a secarse y vestirse de nuevo.

Se cuestionaba muchas cosas mientras guardaba el cuerpo en el asiento de atrás del carro, aunque de forma simultánea corregía los errores que había cometido. Doña Letty no era para nada pesada, lo que le facilitó el embalaje, traslago y ocultamiento del cuerpo en el auto. Todo parecía ir bien, ninguno de los vecinos se había acercado a la casa, no se encontró con ninguno asomado en las ventanas y los niños estaban tan distraídos en el juego que ni cuenta se dieron cuando él pasó por su lado saludándolos. De él nadie sospecharía.

Manejó durante dos horas, hasta llegar a un frondoso bosque. Aparcó el carro fuera de la carretera y se dispuso a tomar sus herramientas para cavar y ocultar el cuerpo. Después de un par de horas ya todo estaba listo, como si nada hubiese pasado. Un Roberto calmado se sentó cerca de la tumba que había hecho para su madre, y colocándole unas hermosas flores le contó su día.

Roberto admiraba aquel maravilloso paisaje embelesado. Una fila interminable de árboles que variaban en escalas de grises, las pilas de hojas, y ese sol tan maravilloso que estaba a punto de esconderse tras la montaña, iluminaba cada silueta y calentaba su cuerpo, haciéndolo sentir más vivo que nunca. Pero resentido ante la incapacidad de percibir los colores, debido al padecimiento de acromatopsia heredada.

-Hasta el año que viene, Madre. Te amo.

Con esas palabras se levantó, se sacudió las manos y las posaderas, tomó su bolso, para luego despedirse de Doña Letty y de otras tantas mujeres que yacían allí sepultadas.

Aquel paseo no fue improvisado, Roberto siempre, siempre, siempre fue un hombre audaz, y con su suave mirada cautivaba a quien lo mirase directamente. Sus palabras blandas y bien pronunciadas jamás lo harían parecer culpable de algo tan grotesco como aquello.

El Cielo de los Peces

El presente cuento fue escrito utilizando como disparador la imagen que se presentará a continuación, como parte de una actividad para el Taller de Creatividad Narrativa.

ahorcado-suicidio


-Cuéntame tu historia y dame una razón para no llevarte conmigo. Esta noche.

La Muerte acababa de tomar asiento en una de las sillas de la sala, esperando a que Antonio iniciara su relato. Pero Antonio no se sentía capaz en ese instante para rememorar todo lo que precisamente le había levado a cometer el suicidio. Él, todavía estaba absorto viendo como sus pies se balanceaban en el aire, viendo como la cuerda hacía enrojecer la piel alrededor de su cuello, sus ojos aún goteando lágrimas y todavía el eco de sus últimas palabras revotaban en las paredes del cuarto. “Lo siento”. Se escuchaba una y otra vez.

-Te necesito aquí. Conmigo. -Susurró La Muerte con una voz que a Antonio le resultaba familiar.

En ese preciso momento fue que le dirigió la mirada por primera vez a aquella mujer. Era impresionante, su figura esbelta, alargada, tez blanquecina tirando a grisácea. Unos ojos grandes, expresivos, ovalados y de color almíbar. Parecían inmutables. Antonio la observaba con tanta minuciosidad que había olvidado que estaba muerto. Pero esas caderas y esos labios color carmín incitaban a querer acompañarla, donde quiera que lo fuese a llevar.

-Antonio, te estoy esperando. -Dijo la pálida mujer al tiempo que se cerraba un poco el escote y lo ocultaba tras su larga y ondulada melena color plata. -¿Me vas a contar o prefieres venir conmigo? -Su mano se extendió tanto que casi llegaba a tocarlo. Parecía una trampa perceptiva visual. Con algunas de sus fuerzas levantó su mano y dudando sobre lo que realmente quería volteaba a ver aquel cuerpo suspendido en el aire, luego a la hermosa mujer, seguido de sí mismo de nuevo.

En ese instante detenido dentro de un bucle perpetuo de un minuto en la realidad, entró un mensaje a su celular. Él se levantó del suelo e intentó tomarlo. Pero no pudo. Su mano traspasaba los objetos, “como un fantasma”, pensó. Y se rió de sí mismo y de lo que le ocurría.

-¿Deseas saber lo que dice? -Antonio se volteó ante la expectativa de un posible trato con aquella dama.

-Si, por favor. -Asintió con resignación y tristeza.

-Puedo lograr que sepas su contenido. -Dijo señalando aquel aparato que cada minuto sonaba con un timbre distintivo e iluminaba su pantalla.- Primero tienes que contarme.

-¿Contarte qué? -Sus dudas se arremolinaban en su lengua, pensaba en las cosas malas que había hecho. En las buenas. En las que falló y se equivocó. En las que hizo daño y en las que fue asertivo. Pero Dalia, La Muerte, negaba con la cabeza.

-No son esas cosas las que quiero saber. ¿Qué te llevó a cometer suicidio? -Por un rato guardó silencio para ver si aquel hombre de cuerpo robusto y descuidado le respondía. En vista que no lo hizo, continuó.- Sabes que eso está castigado por el Cielo, ¿no?.

-Pero si me acabas de leer la mente, ¿cómo no puedes saber el porqué lo hice?

-Te explico. -Confesó ella.- En el estado en el que te encuentras tendrás la capacidad de saber muchas cosas sin necesidad de preguntarlas. Sólo lo sabrás. Tal como pronto me llamarás por mi nombre, sin yo habértelo dicho. Por otro lado, las emociones son expresadas de forma tan sincera cuando es el alma quien las demuestra que se puede sentir las vibraciones en el ambiente. Es por eso, que aunque pueda saber todos tus recuerdos, no los siento. Así que necesito que lo relates. Que recuerdes. – Finalizó la bella mujer.

Hubo tan inquietante silencio entre ambos que Antonio no le quedó dudas de lo que acaba de explicar Dalia, y tampoco sobre su influencia y poder que irradiaba. Se acomodó justo donde se encontraba al inicio. Tomó tanto aire como creía necesitar, y justo se percató que igual no lo necesitaba y rió de nuevo, “como un fantasma”, pensó. La dama de opacos colores cruzó sus largas y firmes piernas, se reclinó hace adelante dejando muy visible su escote, y apoyando su cabeza sobre la palma de la mano derecha, con la izquierda hizo un gesto para invitar a Antonio a hablar.

-Bueno, todo comenzó cuando mi madre se encontraba embarazada de mi. Ella tuvo muchos problemas, ¿sabes?. Había una contante amenaza de aborto- Uno de esos días de reposo, mi padre tuvo un accidente de tránsito aparatoso. Mis familiares más cercanos no querían avisarle a mi madre para que no se preocupase. Pero de todas formas se enteró y fue la primera en llegar a la clínica. Mucho antes que mis tíos, ¿sabes?. Eso empeoró la situación con el embarazo, mi madre tenía un sangrado abundante y problemas con la tensión, ataques de taquicardia y desmayos. Estuve a punto de morir, ¿sabes?. Al pasar ese acontecimiento todo se normalizó: el embarazo, y la salud de mi padre, permitiendo que naciera sano y salvo. Era la alegría de mis padres. La luz de sus ojos, pero ellos no querían que estuviese solo, ¿sabes?, presentían algo. Así que mi madre tuvo a otro hijo, pero al poco tiempo murió por una extraña enfermedad. Por lo que decidieron no intentarlo más. Cuando cumplí los 5 años tuve la primera muestra de que los padres no son súper héroes y mucho menos inmortales y omnipotentes. Mi madre se sentó conmigo y me contó que tenía un tumor maligno alojado en el cerebro, donde era imposible operar y sobrevivir a la intervención al mismo tiempo. Por lo que prefería llevar la mejor vida que le fuese posible. Me contó además que me quedaría poco tiempo con ella, así que debía cuidarla mucho y compartir todo lo posible. Pues nunca se sabría cuándo llegaría el tiempo para ella irse.

Hasta ese momento el tono de voz y el rostro de Antonio cambiaban de un estado a otro. En ocasiones se mostraba tranquilo, en otras con inmensas ganas de llorar, y por último, algunas expresiones denotaban dolor… Era un festival de emociones las que estaba presenciando aquella diosa, justo lo que quería y necesitaba para comenzar a recobrar su verdadero color. Ya su piel no era tan grisácea, pero seguía siendo pálida, sus uñas no tenían aquel color hueso, más bien se tornaban rosadas. Pero no era suficiente, pero sonrió por una fracción de segundo porque pronto Antonio daría inicio a la parte que más le emocionaba sentir. Luego de un rato de reposo por parte de Antonio este continuó.

-A raíz de ese tumor mi madre con frecuencia enfermaba, existiendo el riesgo que cualquier gripe se la llevara- Pero pasaron meses y años, y ella continuó con vida, superando las expectativas de los médicos y especialistas que la habían atendido. En medio de mi adolescencia conocí a una chica que venía a visitar a su familia en El Tigre. Ella era una de esas caraqueñas sifrinas que a veces venían a estos lares. Eso sí, era hermosa pero de mal carácter. En casa de mis primos, que también lo eran de ella, fue que nos conocimos y me habló por primera vez: “me encanta tu camisa”, dijo. Desde entonces no hubo nadie que nos pudiese separar, ¿sabes?. Nuestras conversaciones eran atemporales interminables. Cuando no lo hacíamos en persona, nos comunicábamos por mensajes o llamadas. Un día me animé a pedirle que fuera mi novia y ella aceptó. Fueron los siete meses más hermosos para mi. Fue mi primer amor, fue mi primer beso, fue y será siempre mi primera vez en muchas cosas. Pero un día me escribe que quería romper conmigo, justo después de haber disfrutando tanto de su compañía, de aquella luna roja que adornó el cielo y su mirada. No sabía las razones de esa decisión. No pude localizarla por su teléfono y tampoco conocía o tenía el de sus padres. No sabía que estaba mal, pero me preocupaba.

«Años más tarde me enteré por ella misma que había intentado suicidarse, sin tener los resultados deseados. Aunque no eramos ya pareja, ella seguí estando en mi vida como mi mejor amiga, como mi Nee, mientras yo la amaba en silencio. Ella a los meses conoció a un chico que se volvió su amor más sufrido y eterno, el inolvidable, mientras yo me vi desplazado a ser siempre su pañito de lágrimas y el confidente de sus experiencias amorosas…»

«Me la pasaba solo y ya en la universidad, tenía muchas cosas con la que lidiar: la enfermedad de mi madre y su constante debilidad, los accidentes en los que casi fallece mi padre, los llantos de mi amiga y los retornos a los brazos de aquel ser, la carrera que no me gustaba, iniciar una vida en solitario en una ciudad desconocida, lejos de mi familia, en una universidad privada que aumentaba dos veces al año los períodos de estudio… Tantas cosas, ¿sabes?, y ella todavía me contaba en medio de sus despechos amorosos cuanto lo amaba, lo extrañaba y lo quería, como a nadie nunca había hecho.»

Por primera vez Dalia cambió su semblante. Se volvió más suave, más tierno. Sus cejas se acercaron casi hasta abrazarse, sus ojos se humedecieron apenas, y ahora su cuerpo reposaba en el espaldar de la silla, con sus brazos rodeándole el pecho. Aquella mujer era tan sensible en cuestiones de amor que por eso mismo le encantaba escuchar historias de suicidio. Pues sabía que algunas de esas almas estaban destinadas a reencontrarse, quizás en el Cielo, o en vida, también hay algunas, con más suerte, que se reencontrarán donde quiera que estén. Como era el caso de éstas dos: estaban destinadas a estar unidas por el hilo del querer, pero sólo una de las partes llegaría a amar sin ser correspondida en la misma medida. Dalia lo sabía. Él sería un eterno enamorado no correspondido.

-¿Continuo? -Preguntó Antonio, extrañado ante ese cambio de semblante de La Muerte.

-Por favor, sea usted tan amable. -Dijo finalmente sonriendo.

-¿Dónde me quedé? -Dijo el chico rascándose la cabeza, aunque nada le podía causar piquiña. Algunas malas mañas transcienden la vida, interpretó la diosa. Mientras tanto el joven extraviado entre sus pensamientos y el corte tan alto de la falda de Dalia, se ancló a otro recuerdo para poder proseguir.- ¡Ah, ya!, para ese entonces en el que ella seguía muriendo por J. M., yo había recibido una beca para estudiar en Estados Unidos, pero por dos fuertes motivos la rechacé: el primero es porque no me quería distanciar más de mi Nee, y el segundo es que no quería continuar con la carrera de medicina, no me gustaba. Luego me inscribí en Contabilidad Pública, y allí obtuve nuevamente una beca, con la que me ayudé a pagar mis estudios, y otros gustos, además de responsabilidades.

«Mis problemas y temores se fueron agravando y acumulando, por lo que unos conocidos me aconsejaron unirme a un grupo de estudiantes que prestaban apoyo emocional y psicológico, siendo vigilados y asesorados por un profesional en el área. Allí conocí a Maga, una pelirroja encantadora, muy hermosa, carismática y graciosa, pero como todos los demás en ese sitio, con problemas. Ella sufría de narcolepsia. Maga fue la segunda mujer que llegué a amar. Salimos muchas veces, me convertí en su pareja oficial, conocí a sus padres y amigos. Me hacía tan feliz. Pero luego eso cambio. Ella estaba en una fiesta y se quedó dormida, unos tipos abusaron de ella a más no poder hasta que despertó y reaccionó a aquella situación huyendo, ¿sabes?. Su mundo se vino abajo y el mío con ella, yo no sabía cómo ayudarla, se alejó, se tornó muy insegura, y al poco tiempo se suicidó. Me terminé de derrumbar. ¡Te la llevaste, Dalia!, ¡Tú te la llevaste!.» -Los ojos de Antonio no lograban seguir acumulando la tristeza de un recuerdo tan fresco. – «La amaba, ¿sabes?, de verdad la amaba.»

Sus gritos y llanto desbordaban el lugar. Antonio en un ataque de ira intentaba romper y patear cuanta cosa estuviera en su camino, pero fue inútil, todo lo traspasaba, en ese momento odiaba su condición de fantasma, maldiciendo entre dientes. Poco a poco se fue calmando el colérico hombre y dirigiendo su objetivo hacia la bella mujer comenzó a increparla y enfrentarla.

-¿Satisfecha?, ¿algo que aportar?

La mujer lo tomó del hombro levantándose. Su altura superaba los dos metros y parecía ir en aumento, sin embargo, esto no impedía que su cuerpo se viera tan elegante que aquellas modelos de mayor trayectoria sentirían una inevitable envidia. Con suficiente fuerza y presión, Dalia hizo retroceder a Antonio hasta su lugar, para luego tomar una postura mucho más erguida e inquisitiva en lo que regresó a su silla en la sala.

-Si. Estoy satisfecha. Aunque también tengo varias cosas que decirte. -Dijo Dalia con una voz neutra y aplanada.

-¿Qué me dirás?, ¿qué había legado su tiempo?, ¡Eres una grandísima hija de p…! -Antonio en medio de un nuevo brote de ira no logró controlar lo que salí de sus labios, empero, La Muerte si. Con un simple movimiento de su mano, Dalia acalló el improperio que por poco termina de salir de sus labios.

-No he terminado de hablar. -Afirmó con rudeza y tajancia.- Te aclaro algo mocoso: yo no soy quien quita la vida. De eso se encarga Aerán, La Vida. Yo me encargo de darla, así que sé más agradecido. ¿Quedó claro? -El temor en aquel instante sólo llevó a afirmar con la cabeza a Antonio, seguido de uno muy leve de Dalia, la Dama de las Tinieblas.- Continuo. Tu historia de vida se le conoce como camino del héroe, en él como te has dado cuenta se tienen muchas desgracias o encuentros desafortunados por superar, afrontar y con los que debes continuar. -Hasta ese momento la voz de Dalia era áspera y espesa, el ambiente al rededor se volvía agotador e pesado, pero casi enseguida eso cambió.- Eres una gran persona. -Dijo con voz dulce y maternal- Te mereces una segunda oportunidad porque eres de esos pocos héroes que hace todo el bien que está en sus manos, incluso vas más allá de tus posibilidades y límites, mientras cargas un pasado muy sufrido y agotador. Por eso, volverás a vivir, pero tienes que seguir luchando, tienes que seguir dándome razones para defenderte ante Aerán. ¿Quedó claro? -En ese minuto detenido que parecía interminable, Antonio afirmó ante la interrogante de la mujer.

Al abrazarse a la vida, La Muerte se acercó con pasos largos y seductores hasta el cuerpo colgante de Antonio, tomó su alma y la introdujo de vuelta. Con un leve roce de la mano de Dalia sobre la cuerda hizo que ésta se rompiera de inmediato, dejando caer aquel cuerpo que parecía desprovisto de vida. Antonio ya dentro de su cuerpo vio acercarse a su rostro a la imponente mujer. Dalia, quien era tan majestuosa y enternecida, le sostuvo la cabeza al joven con todo el amor que le permitía su ser. Enseguida, le plantó en los labios el Beso de la Vida, permitiéndole llenar sus pulmones con una gran bocanada de aire, reviviendo.

Aerán apareció detrás de Dalia en lo que ésta le otorgó la vida. Se mantuvo silencioso hasta que la dama de ahora colores brillantes internivo.

-Querido, ¿cuánto tiempo? -Dijo con voz dulce pero ponzoñosa.

-Dalia. -Respondió en seco aquel colosal ser.

-¿Molesto? -Preguntó con picardía.

-¿Hasta cuándo vas a seguir saboteándome?

-¿No es hermoso?. Él es un héroe porque siempre intenta salvar cuantas personas pueda, e incluso si no puede lo hace, creyendo que de esa forma va a redimirse y alcanzar el Cielo, concediéndole una vida más afortunada. Pero su historia es diferente. Él no se va a quedar con la chica que ama, y por siempre querrá a la que murió. Está destinado a grandes cosas, muy prometedoras, por cierto, sin embargo, le será más cuesta arriba encontrar el amor si no deja de aferrarse a ese que carga.

Ambos amantes, ahora con sus colores representativos intercambiados se quedaron admirando como Antonio se retorcía de dolor al quitarse la cuerda, sin ser ese un impedimento para arrastrarse hasta donde se encontraba su celular con la finalidad de revisar ese mensaje que le mantuvo con la esperanza de vivir. Era de parte de su mejor amiga, si primer amor, su Nee.

“Te necesito aquí. Conmigo.” Rezaba.

Para mi mejor amigo: Antonio R.

De parte de su Nee…

Alonso Blanco

El presente cuento fue escrito utilizando como disparador la Sonata Moonlight de Beethoven como parte de una actividad para el Taller de Creatividad Narrativa.

https://www.youtube.com/watch?v=4Tr0otuiQuU  Beethoven-Moonlight Sonata


Alonso Blanco y su perro Filipo, un cacri, eran dos grandes amigos desde hace 10 años cuando Alonso lo rescató de la calle. El hombre, preocupado, le contaba a su fiel acompañante a la orilla de la acera, mirando aquella luna robusta y resplandeciente, con sus escasos diamantes luminosos, siendo regocijados con el cantar de los grillos y las chicharras, sobree todo el esfuerzo que había y continuaba haciendo para poder llevar comida a la casa para ellos dos, para su enferma madre, para su hermanita de 15 años, para su alcohólico padre y para la hija a la que le daba manutención.

Cada vez le era más complicado, cada vez le era más cuesta arriba hacer lo que sus superiores le ordenaban. Muchas de esas cosas eran con la condición que pudiese seguir manteniendo a su núcleo familiar, los medicamentos oncológicos, algunos litros de licor diario, las necesidades sociales de toda adolescente, además de los pañales y la leche de Johan y algún que otro capricho de su expareja.

Filipo admiraba la luna y a su dueño con intermitencia, como pensante y abstraído, como analizando todo lo que su dueño le contaba. Pero no entendía su preocupación, “cosas de humanos”, pensó aquel canino. Luego de una charla larga y extendida entre ambos, en los que se intercambiaban caricias, lambidos, besos o momentos de distancia con los que Filipo respondía con algún quejido o una mirada comprensiva hacia su dueño. Alonso agarró sus herramientas de trabajo, se puso una máscara que a Filipo le resultaba graciosa y extraña, se colocó su chaleco antibalas seguido de su uniforme.

Alonso se despidió como cada noche de su amado animal, con una caricia en la cabeza, un beso en el hocico y la frase rutinaria: “por si acaso mañana no te vuelvo a ver, te quiero Filipo. Cuida de todos”. Se despidió junto con el último cantar de los insectos, con la luna en su punto más alto, con el corazón en la mano, porque sabía que lo que estaba haciendo no estaba bien, pero aspiraba, algún día, obtener el perdón de Dios.

Alonso Blanco, un joven militar que reprimía a su Pueblo por órdenes de superiores.

…Ellos también son seres humanos, y venezolanos, aunque no hagan lo correcto…

militares

Error Encubierto

La presente historia fue escrita a partir de la de Iván Egüez, titulada Conciencia Breve. La cual fue utilizada como disparador en el Taller de Creatividad Narrativa.

Conciencia breve, Iván Egüez.

Esta mañana Claudia y yo salimos, como siempre, rumbo a nuestros empleos en el cochecito que mis padres nos regalaron hace diez años por nuestra boda. A poco sentí un cuerpo extraño junto a los pedales. ¿Una cartera? ¿Un …? De golpe recordé que anoche fui a dejar a María a casa y el besito candoroso de siempre en las mejillas se nos corrió, sin pensarlo, a la comisura de los labios, al cuello, a los hombros, a la palanca de cambios, al corset, al asiento reclinable, en fin. Estás distraído, me dijo Claudia cuando casi me paso el semáforo. Después siguió mascullando algo pero yo ya no la atendía. Me sudaban las manos y sentí que el pie, desesperadamente, quería transmitir el don del tacto a la suela de mi zapato para saber exactamente qué era aquello, para aprehenderlo sin que ella notara nada. Finalmente logré pasar el objeto desde el lado del acelerador hasta el lado del embrague. Lo empujé hacia la puerta con el ánimo de abrirla en forma sincronizada para botar eso a la calle. Pese a las maromas que hice, me fue imposible. Decidí entonces distraer a Claudia y tomar aquello con la mano para lanzarlo por la ventana. Pero Claudia estaba arrimada a su puerta, prácticamente virada hacia mí. Comencé a desesperar. Aumenté la velocidad y a poco vi por el retrovisor un carro de la policía. Creí conveniente acelerar para separarme de la patrulla policial pues si veían que eso salía por la ventanilla podían imaginarse cualquier cosa. -¿Por qué corres? Me inquirió Claudia, al tiempo que se acomodaba de frente como quien empieza a presentir un choque. Vi que la policía quedaba atrás por lo menos con una cuadra. Entonces aprovechando que entrábamos al redondel le dije a Claudia saca la mano que voy a virar a la derecha. Mientras lo hizo, tomé el cuerpo entraño: era un zapato leve, de tirillas azules y alto cambrión. Sin pensar dos veces lo tiré por la ventanilla. Bordeé ufano el redondel, sentí ganas de gritar, de bajarme para aplaudirme, para festejar mi hazaña, pero me quedé helado viendo en el retrovisor nuevamente a la policía. Me pareció que se detenían, que recogían el zapato, que me hacían señas. -¿Qué te pasa? me preguntó Claudia con su voz ingenua. -No sé, le dije, esos chapas son capaces de todo. Pero el patrullero curvó y yo seguí recto hacia el estacionamiento de la empresa donde trabaja Claudia. Atrás de nosotros frenó un taxi haciendo chirriar los neumáticos. Era otra atrasada, una de esas que se terminan de maquillar en el taxi. -Chao amor, me dijo Claudia, mientras con su piecito juguetón buscaba inútilmente su zapato de tirillas azules.



Error Encubierto

-Amor, ¿no has visto mi zapato? Es azul con tirillas, comentó Claudia con un dejo de preocupación. Alcé los hombros en respuesta de que no tenía idea de lo que estaba hablando, pero en realidad sí sabía. Al ver que en su pie izquierdo estaba la copia exacta de aquel objeto que había lanzado hace instantes, comencé a sudar y sentirme mareado, había cometido un error terrible. Miraba hacia atrás por los retrovisores, sólo por si acaso encontraba en forma de milagro aquella zapatilla. Pero no estaba. Carros pasaban y me impedían apreciar con lujo de detalles el pavimento. Siempre buscando. Pero Claudia vociferaba improperios, estaba llegando con retraso a la oficina, y todo porque se le ocurrió lanzar los zapatos dentro del carro y no colocárselos de inmediato en la habitación. Con un dejo de resignación, Claudia sacó un par extra de zapatos de la guantera, Los Infalibles, los llamaba; mientras al zapato huérfano lo lanzaba al azar hacía el asiento trasero. Sin embargo, no eran tan presenciables para estar en la oficina, por lo que se le oía rogar que le tocara permanecer en el escritorio sentada todo el día. Se los colocó como cualquier otro calzado, para luego despedirse nuevamente, esta vez besándome los labios, cerró la puerta tras de sí y caminó con toda la elegancia que le permitía las circunstancias. Al voltearme para echarle el último vistazo a aquellas zapatillas azules, me encuentro con las dos. Allí estaban, pie derecho, pie izquierdo. En efecto, eliminé la evidencia en el momento justo. Arranqué lo más rápido que pude para poder recuperar el tiempo perdido. Al llegar a la oficina, me recibe María con el beso jugoso en la mejilla como de costumbre, mis manos querían volver a recorrerla, pero me detuve. La llamé más tarde a la oficina y le comenté todo lo sucedido en el trayecto hacía aquí, entusiasmado por mi hazaña. Para finalizar nuestra conversación le dije que esa ha sido la experiencia más excitante, nunca antes vivida. Ella, en respuesta, sonrió y me guiño el ojo, y antes de irse agregó: y eso es sólo el principio Roberto.

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Fotografía

Tal como la publicación anterior, esta fue parte de la tercera actividad realizada en el Taller de Creatividad Narrativa. El disparador es la misma foto, y de ella había que escribir lo que viniese a la cabeza. Nuevamente, con plena libertad creativa. Este nuevo cuento es el segundo escrito.

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Visitando un museo de mi ciudad que no conocía me encontré con una imagen reveladora. Ella embargaba mi corazón y acumulaba las lágrimas en la pendiente de mis ojos. Nada pudo ponerme peor, porque la fotografía que resaltaba con sus tonos oscuros y áreas abiertas de luz, no era más que el recuerdo extraído de uno de mis mayores amores, que al mismo tiempo era el más tóxico y dañino, pero no por ello menos doloroso.

-Mei, te extraño.-Tres palabras que lograron salir ilesas del caos en mi mente. Cada uno de los instantes con ella venían a mi como ráfagas luminosas…-Mei.

Quería llorar, es más, ya estaba llorando mientras seguía de pie ante una pared adornada con sólo ese cuadro. El resto de la exposición se desvanecía a mi alrededor, y una oscuridad inminente se apoderaba de todo rastro de iluminación.

Desperté, luego de algún tiempo. Me encontraba en la sala de mi apartamento, en mi mueble. Extrañada busqué mis pertenencias y revisé la ropa que cargaba, era idéntica a la de mi sueño. “Ya va, ¿eso fue realmente un sueño?”, pensé. Pero andas sumida en mis pensamientos no percaté la presencia de una persona sentada en el mueble de atrás, junto a la librería.

-Dalia, despertaste.-Dijo ese alguien tras de mi.

Entre sorprendida e impactada por varios motivos que abordaron abruptamente mi mente, no logré responderle. Mi reacción sólo alcanzó a lanzarme al otro lado de la sala y voltear hacia la procedencia de dicha voz.

-Debes estar muy asustada. Soy Jacke Bennet, dueño de la exposición que se presentó en el Museo Fuente de la Inspiración.- su voz apaciguaba mis alterador nervios. La forma en la que me comunicaba lo ocurrido me llevaba poco a poco a un estado de tranquilidad con picos de angustia.

Lo dejé hablando solo por un rato, mientras organizaba mentalmente lo que había ocurrido, junto con mis recuerdos. Él comentó el momento en el que me encontró desvanecida en el suelo, frente a un cuadro. En ese momento recordé fragmentos aislados del mismo, pero ya lo sentía diferente. Antes me resultaba impactante, ahora lo recordaba algo más triste. Sin dejarlo continuar comencé a interrogarlo con ímpetu.

-¿Cómo se llama esa obra?

-¿Te refieres a esa frente a la que te encontré? -afirme con la cabeza.- “Muerte de una Pasión”, la titulé.

-¿De dónde la obtuviste? -Lo interrumpía antes de culminar sus respuestas para seguir inmediatamente con otra pregunta, tenía que calmarme… Mientras, él se lo pensó un poco con la reciente interrogante, suspiró pesadamente antes de continuar, como si tuviera temor a algo.

-Me fue enviada hace seis años para que fuese expuesta sólo por un día en una fecha determinada. Luego tendría que enviarla a esta dirección. -Esperó unos segundos por mi respuesta, pero al ver que no decía nada al respecto, prosiguió. -Debo admitir que eso me pareció muy extraño, pero accedí. Junto a eso venían unas instrucciones bastante claras, sobre identificar a una persona el día de la exposición de esa obra. Y aquí estás… -sonrió apenas de medio lado.

-¿Sabes quiénes son esas mujeres? -pregunté con la mayor tranquilidad que me pudiese permitir.

-No. La entrega fue anónima, sin título, ni fecha.

Guardamos silencio otro rato, ya que ambos sabíamos que el otro poseía información referente a aquella fotografía. Todas las barreras creadas con la intención de protegerme, se estaban derrumbando en mi interior ante aquel hombre. Una voz ronca resonaba en mi cabeza y se anidaba en mi corazón, ella provenía de unos lejanos recuerdos, pero acalló su llamado cuando por fin Jacke interrumpió el silencio entre ambos.

-Tú la conoces, ¿cierto?-ante aquella suposición busqué protección abrazándome. Sólo llegué a asentir con mucho temor de lo que pudiese pasar.- ¿Quién es ella?, la otra, intuyo que eres tú. Tienen ese lunar de la nuca en el mismo sitio. -Me recordó señalándose el lugar preciso en su nuca.

-Esa es Mei. Y en efecto, esa otra soy yo, pero hace seis años atrás.-Mi voz comenzó a quebrajarse antes de terminar de decir la primera frase- Esa es Mei -Repetí.

Mis lágrimas se escurrieron de nuevo por mis mejillas, deslizándose por mis dedos deseosos de detener su paso hasta la alfombra. Jacke buscó consolarme acercándose y diciendo algunas palabras de consuelo, pero de inmediato lo rechacé y di unos pasos hacía atrás hasta chocar contra la pared.

-¿Quién fue Mei para ti?, ¿qué les ocurrió? -Como último recurso, buscó distraerme de mi llanto para poder volver a la realidad y apaciguar su curiosidad. Sin embargo, no le respondí hasta que recobré la cordura y la calma.

-Mejor nos sentamos. -Le dije invitándolo a que retomara su lugar en el mueble junto a la estantería de libros, mientras me dirigía al mueble que acunó mi descanso previamente- Te contaré una historia real, repleta de amor, pasión, ternura, traición, ruptura y el fallecimiento prematuro de una de las partes…

… Continuará…